Y la vida se nos pasa así…

Hoy estaba pensando que ya llevo aquí en Roma casi un mes y medio. Aún parece que fue ayer cuando salí pitando de Madrid, cargado con sólo dos maletas, pero con una cantidad de bagaje emocional que podía conmigo. Un bagaje emocional que llevaba meses arrastrando, como cuando uno coge un resfriado y no es capaz de soltarlo de ninguna manera.

Septiembre ha sido un mes duro. De hecho, ha sido un mes muy duro. Sentía que todo era nuevo, aunque no lo era. El trabajo, el día a día en Roma y las cosas que me rodeaban eran las mismas de siempre… las mismas de los últimos meses… las mismas del último año… y aún así, no lograba encontrarme con la cotidianidad que tanto esperaba. Roma me envolvió de manera extraña. Ella no me quería a mí, y yo no la quería a ella… Y por otra parte estaba Madrid, el Madrid de mis amores, esa ciudad donde me he sentido en casa siempre desde que llegué, pero que últimamente me rechazaba… como en parte yo a ella… y que aún así, no nos habíamos dicho adiós del todo.

Romper con las cosas es un proceso complicado. Siempre parece sencillo al principio. Uno rompe, y ya. Pero todos los procesos que se desencadenan después son difíciles de entender, y aún más complicados de encajar, y pasa mucho tiempo hasta que uno vuelve a encontrarse bien y entero.

El caso es que en Septiembre me he dado cuenta de lo siguiente: parte de mi familia se ha roto (de nuevo), mi vida personal se ha roto (de nuevo), he roto con mi ciudad, he dejado atrás (que no he roto) con mis amigos y mi familia (de nuevo), y además intento reparar una relación con un sitio que no me ha querido del todo hasta el momento. Heme ahí de nuevo… roto.

Lo bueno es que más roto no se puede estar (¿o sí?). Y que, después de todas las rupturas, uno se remienda, se “parchea”, se pinta y se arregla… y a echar p’alante. Octubre, en cambio, está siendo bueno conmigo.

¿Qué nos traerá el resto de meses?

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