El derecho a amar

Últimamente no hago más que leer o enterarme de noticias o comentarios de odio.

Que si los gays somos esto, que si los gays somos lo otro, que si tendríamos que arder todos en el infierno, que si las mujeres no tienen voz ni voto para decidir qué quieren hacer con sus propios úteros, y así, una montaña de estupideces con un nivel de sensibilidad que roza lo innombrable.

Un cura leonés comenta, sobre un representante del partido socialista que ha afirmado tener cáncer -cáncer, señoras y señores, ni más ni menos- que esto es un castigo divino por ser quien es, de forma natural, e ir contra las directrices de la iglesia. ¡Que la pena capital debería estar impuesta! Sí… yo también me echo las manos a la cabeza…

La cuestión aquí es que todo el mundo tiene derecho a opinar, cosa que yo respeto. Pero hay opiniones que jamás tendrían que salir a la luz. Hay opiniones que pertenecen al siglo pasado, que no hacen ningún bien siendo aireadas en este momento de la historia. Esos individuos que alardean de ellas deberían considerar varias veces las cosas que sueltan por sus poquitos antes de soltarlas.

Resulta que no sólo tenemos que aguantar los abucheos, los malos tratos, el bullying, la discriminación negativa y una serie de casos más, sino que ahora también tenemos que aguantar que gente con una deficiencia de sensibilidad e inteligencia nos diga lo que tengamos que hacer, o que lo que nos ocurre a todos los niveles es porque no respetamos las leyes de la Iglesia o de instituciones afines, ¿no?

Si enfermo, ¿es porque soy maricón?. Si tengo una depresión, ¿es porque soy maricón también? Si algún día me pegan una paliza, ¿será porque soy maricón? Si contraigo HIV, definitivamente es porque soy maricón. Y si muero de forma desgraciada, como empieza a pasar ahora en Rusia, eso sí que es porque soy maricón.

Gente así, con una falta considerable de inteligencia y raciocinio, junto con actos como los de Rusia y su gobierno, nos degradan, nos quitan importancia, nos relativizan a la nada. Decisiones como las de nuestro estúpido gobierno, sobre las leyes del aborto de la mujer y qué pueden decidir ellas o no, son decisiones tomadas con una falta considerable de entendimiento y aprecio por las personas que formamos este país.

Hemos perdido tantos derechos ya… hemos vuelto a una época cercana al franquismo (a lo que seguramente volveremos dentro de no mucho, por lo visto). Como sigamos con esta ola de odio, no va a quedar títere con cabeza para alzarnos de nuevo, y menos aún como un pueblo unido. Aunque esta última parte dista mucho de convertirse en realidad. Nunca hemos sido un pueblo unido, y por lo visto nunca lo seremos.

Dejad de decirnos a quién tenemos que amar. Dejad de decirnos lo que tenemos que hacer para ser personas. Dejadnos tomar nuestras propias decisiones. Nosotros no hacemos daño a nadie, nosotros no sentimos un odio natural hacia todo lo que no entendemos. Dejadnos en paz. Mirad vuestras propias vidas e intentad juzgarlas vosotros mismo, a ver si veis algo que os guste. Nosotros, definitivamente, no.

Tengo derecho a amar a quien quiera, y así voy a seguir haciéndolo. Soy dueño de mi cuerpo y de mi vida, y si vienes a intentar quitarme eso, no atiendo a razones.

Yo soy yo, y tú no tienes voz ni voto.

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